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Tuesday, 13 April 2010

Vocabulario Units 7 and 8

Unit 7

Unit 8

  1. Marco Polo
  2. Technical advances
  3. Portulan Charts
  4. Compass
  5. astrolabe
  6. Quadrant
  7. Caravels
  8. Prince Henry the Navigator
  9. Bartolomeu Dias
  10. Vasco de Gama
  11. Christopher Columbus
  12. Ferdinand Magallan
  13. Juan Sebastian Elcano
  14. Overseas empires
  15. Treaty of Tordesillas
  16. Indigenous population of America
  1. The plague
  2. The Black Death
  3. Bourgueoisie
  4. bureaucracy
  5. army
  6. diplomatic
  7. autoritarian monarchies
  8. Ivan the Great
  9. Henry VIII
  10. Charles VII
  11. Francis I
  12. Catholic Monarchs
  13. Holy brotherhood
  14. Royal Council
  15. Corregidores
  16. Treasury
  17. Tribunal of the Inquisition
  18. conversos
  19. Mudejares
  20. Moriscos

Homework:
  • First of all you have to do the glosary in the end of your book.
  • Second, you have to look for the meaning of these words and write them in english:
You need to know these words and your meanings for the next exam. I´m going to ask you.

Wednesday, 10 March 2010

King Henry VIII of England


Use the Internet and find out more about Henry VIII of England, and answer these question:

  • What happened during his reign?
  • How many wifes did he have?
  • Who were they and what happened to them?
  • What happened to his relations with the Pope?
  • What was the name of the church he established in England?
Place the answers in your blog

The time of the Catholic Monarchs


Check your knowledge

Explain these expressions: Diplomatic, Domestic policy, dynasty, marriage alliance.

What was the Holy Brotherhood?

What was the function of the Tribunal of the Inquisition?

Who were the conversors?

How did the Catholic Monarchs strenghten their power over the municipalities and the nobility.

What was the religious policy of the Catolhic Monarchs?

Did the Catholic Monarchs do things which benefited their kingdoms?

What controversial laws and institutions did they introduce?

Your conclusión can include your personal point of view.

You can use your book or see some answer here.

Place the answers in your blog

Tuesday, 9 March 2010

Los embajadores de Holbein


" Un cuadro que podría servir de inspiración para una novela de misterio y que fue pintado por Holbein en 1533: Se titulaba Jean de Dinteville y Georges de Selve, aunque ha pasado a la historia con el sobrenombre de Los Embajadores.

Se conserva en la National Gallery de Londres y hoy vamos a intentar analizarlo al detalle... Para ello he editado una serie de fotografías en las que iremos descubriendo significados y símbolos ocultos, perspectivas adelantadas a su tiempo, objetos curiosos... Veréis que está lleno de sorpresas...


En una época de la Historia... En Francia, Francisco I, archienemigo de nuestro emperador Carlos V, busca reforzar sus posiciones contra el imperio español. Para ello, mira hacia el norte, a Inglaterra, donde nos encontramos con Enrique VIII inmerso en sus problemas de faldas con su esposa española, la "Católica" Catalina de Aragón, hija de los Reyes católicos.

España disfrutaba momentos dorados convertida en Imperio al mando de Carlos V, mientras en el resto de Europa se vivían conflictos de intereses resueltos a base de batallas o matrimonios.

En el caso de Inglaterra, la situación era aún más complicada... Cuando el francés Francisco I requería la ayuda de Enrique VIII en su cruzada contra nuestro Carlos V, el Tudor se halló ante un mar de dudas... Por un lado, su esposa, hija de los Reyes Católicos y por tanto tía del emperador español... Por otro lado, Ana Bolena, de la que se había enamorado perdidamente...

En este convulso momento histórico de alianzas de Estados, de intereses enfrentados y pactos entremezclados, se enmarca nuestro cuadro de hoy... Los embajadores:

A la izquierda, Jean de Dintelle, embajador de Francia en Inglaterra. A la derecha, Georges de Selve, Obispo de Lavaur que también desempeñaba funciones diplomáticas ante el imperio romano germánico y la Santa Sede.

El año... 1533, un año marcado por el matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena, un ... uyyy momento peliagudo para Europa... el Tudor se distancia de España haciéndole un feo y rechazando a su esposa española, y los franceses ven en esto una ocasión para acercarse a Inglaterra.

El pintor... Hans Holbein el joven, inundó el cuadro de simbolismos, de significados ocultos, de objetos sorprendentes y de guiños que han quedado para la Historia, muchos de los cuales aún siguen desconcertando a los expertos.

En el cuadro encontramos numerosos objetos astronómicos que el pintor incluyó premeditadamente, incluyendo en ellos numerosos datos y significados.

El globo terraqueo está centrado en Europa y en él se distingue la linea de separación del Tratado de Tordesillas que dividió el nuevo mundo en 1494 entre España y Portugal, se puede seguir también la ruta que Magallanes realizó en su vuelta al mundo e incluso algunos trazos de la recién descubierta América.

El globo celeste. A pesar de que la reunión entre los embajadores tuvo lugar en Londres, es curioso que el cielo que señala no corresponde al cielo inglés... La pintura indica una latitud de unos 43º lo que indicaría el cielo visto desde lugares como España o como el Vaticano...


La estantería superior está repleta de instrumentos astronómicos, entre los que destacan, además del globo, los relojes solares y el torquetum... en ellos nos vamos a centrar ahora:

- Relojes solares: En especial el reloj poliédrico que señala mediante sombras una curiosa fecha que aproximadamente se puede intuir entre el 11 y el 14 de Abril de 1533... Sin embargo, está constatado que durante estos días, el pintor no se encontraba en Londres pintando el cuadro. Este hecho ha desconcertado durante bastante tiempo a historiadores y expertos que aún no se ponen de acuerdo... La tesis más seguida apunta a que puede tratarse del 11 de Abril, ya que en ese año se celebraba el Viernes Santo y podría unirse a la simbología de los libros y el crucifijo que también aparecen en la pintura.

- Torquetum: El cuadro de Holbein nos muestra la única ilustración histórica que existe de este singular instrumento.
Las primeras noticias que tenemos de este mecanismo que convertía coordenadas, nos llegan de la mano de Ptolomeo, pero durante siglos no se supo nada más de él, hasta la edad media donde se realizaron algunos ejemplares... lamentablemente, ninguno de ellos se ha conservado.
Junto con la máquina de Antiquitera, el torquetum es uno de los misterios más interesantes que se conservan de la antigua Grecia, a pesar de que no ha llegado ninguno hasta nuestros días.

Os dejo un enlace interesantísimo (en inglés) donde podéis descubrir la historia del Torquetum, sus curiosidades e incluso podéis construir uno vostros mismos.

Tanto en la estantería superior como en la inferior, nos encontramos con un total de tres libros:

Libro de Aritmética (7) - Se trata de un ejemplar del libro "Eyn newe unnd wohlgründte underweysung aller Kauffmanss Rechnung in dreyen büchern" escrito en 1527 por Peter Apian y dedicado a las prácticas comerciales de la incipiente burguesía comerciante, una clase social que en aquellos años comenzaba a estar en alza.

Libro ÆTATIS SVÆ 25 (10) - El libro es un misterio aún, ya que sólo podemos verlo parcialmente... Además, el libro aparece cerrado y con un cierre metálico que deja abiertas muchas incógnitas... La inscripción en sus hojas podría equivaler a la edad de Georges de Selves, que en aquellos días tenía 25 años.

Libro de Cantos Religiosos (6) - En concreto el "Geistlich Gesangbuhli" de Johannnes Walther, sin embargo y cómo podéis ver en el gráfico más abajo, el libro aparece abierto por dos páginas que en el verdadero libro no son consecutivas.

La página de la izquierda corresponde al primer versículo del himno Veni sancte Spiritus de Lutero y la de la derecha la introducción a la Versión abreviada de los Diez Mandamientos también de Lutero... La simbología asociada a este libro y en concreto a estas dos páginas, elegidas a propósito por el pintor, podría indicar el contraste entre la Ley y la Religión, ambas encarnadas también en los dos personajes del cuadro.

Junto al libro de Cantos al que me he referido en el párrafo anterior, nos encontramos con una serie de instrumentos musicales donde la perspectiva está realmente lograda.

Tanto el Laud con su cuerda rota, como las flautas guardadas en un estuche donde falta una de ellas, abren las puertas a múltiples teorías intentando explicar su significado. Alguna de ellas apunta a la pérdida de armonía y vacío que comenzaba a sufir la Iglesia de aquellos años, y colocadas por el pintor en el ángulo inferior del cuadro, junto a los pies del Obispo Georges de Selves, representante del poder eclesiástico en esta obra.

Pero si algo destaca realmente en el cuadro de Hans Holbein es sin duda la calavera en la parte central de la escena... Una calavera extraña, deformada...

Muy unido al elemento de perspectiva que comentaba antes, esta calavera ha sido uno de los motivos principales para realizar este artículo.

Se encuadra dentro de la técnica de la Anamorfosis y es un prodigio de la técnica pictórica y la perspectiva ya en aquellos años de incipiente Renacimiento.

La Anamorfosis consiste en la representación de figuras o elementos distorsionados, los cuales sólo pueden ser contemplados correctamente desde una determinada perspectiva. (Aquí un ejemplo representativo)

El uso de calaveras como representación de la muerte del hombre, de la fugacidad de la vida humana o el rápido paso del tiempo, fue muy utilizado por los artistas del renacimiento. Surgió así, una representación pictórica conocida como Vanitas y que encierra todo este simbolismo en pinturas, esculturas y todo tipo de manifestaciones artísticas.

En el cuadro de Holbein, esta Vanitas ocupa la parte principal del cuadro, deformándolo todo y confundiendo al observador mediante la inclusión de esta fuerte perspectiva de anamorfosis.

Con una simple cuchara o algún objeto curvo que refleje la imagen podremos ver la calavera en sus dimensiones correctas. Una técnica pictórica realmente impresionante y más, si tenemos en cuenta la fecha en la que se realizó."


Tomado de..la Aldea irreductible

Para ver la calavera mejor, así como los demás detalles del cuadro

Wednesday, 3 March 2010

The black Death

If the plague had just stayed in one city, the containment might have spared Europe. Unfortunately, the plague spread when people fled to other cities. It is believed the plague originated in Asia, and moved west with Mongol armies and traders.

"According to a traditional story, the plague came to Europe from the town of Caffa, a Crimean port on the Black Sea where Italian merchants from Genoa maintained a thriving trade center. The Crimea was inhabited by Tartars, a people of the steppe, a dry, treeless region of central Asia. When the plague struck the area in 1346, tens of thousands of Tartars died. Perhaps superstition caused the Muslim Tartars to blame their misfortune on the Christian Genoese. Or perhaps a Christian and Muslim had become involved in a street brawl in Caffa, and the Tartars wanted revenge. In any case, the Tartars sent an army to attack Caffa, where the Genoese had fortified themselves. As the Tartars laid siege to Caffa, plague struck their army and many died. The Tartars decided to share their suffering with the Genoese. They used huge catapults to lob the infected corpses of plague victims over the walls of Caffa. As the Tartars had intended, the rotting corpses littered the streets, and the plague quickly spread throughout the besieged city. The Genoese decided they must flee; they boarded their galleys and set sail for Italy, carrying rats, fleas, and the Black Death with them."

Homework What do you Know about Bubonic Plague?
Investigate about it:
  • Transmission,
  • Where did the plague arrive from?
  • Effort to stop the Plague,
  • Changes in the economic,
  • Effect on the Europe
You must write this in your blog

La Peste Negra


Videos tu.tv

Tuesday, 2 March 2010

Treaty of Tordesillas


The Treaty of Tordesillas was agreed upon by the Spanish and the Portuguese to clear up confusion on newly claimed land in the New World. The early 1400s brought about great advances in European exploration. In order make trade more efficient, Portugal attempted to find a direct water route to the India and China. By using a direct water route, Arab merchants, who owned land trade routes, were not able to make a profit off of the European trade merchants. After Columbus discovered the New World in 1492, it was clear that conflict would soon arise over land claims by Spain and Portugal. The Portuguese also wanted to protect their monopoly on the trade route to Africa and felt threatened. It was only after the realization that Columbus had found something big that land became the important issue. The newly discovered land held great potential wealth which would benefit European nations.

On May 4, 1493 Pope Alexander VI took action to clear up any confusion that may have arisen over territorial claims. He issued a decree which established an imaginary line running north and south through the mid-Atlantic, 100 leagues (480 km) from the Cape Verde islands. Spain would have possession of any unclaimed territories to the west of the line and Portugal would have possession of any unclaimed territory to the east of the line.

After further exploration, the Portuguese grew dissatisfied with the agreement when they realized how much more land Spain had been given. In June of 1494 the line was re-negotiated and the agreement was officially ratified during a meeting in the Spanish town of Tordesillas. The Treaty of Tordesillas re-established the line 370 leagues (1,770 km) west of the Cape Verde Islands.


It was evident that little exploration had taken place at the time the treaty was signed because Spain was granted a much larger portion of land. Portugal was only given possession of Brazil. Portugal pushed over the next several hundred years to move the border of Brazil westward. Because the line was not very well defined, the Spanish did not put up any opposition to this Portuguese expansion.

Wapedia

Saturday, 27 February 2010

La Peste Negra

A finales del siglo XIV tuvo lugar en toda Europa una brutal epidemia de peste que acabó, en muchas zonas, con más del 50% de la población. Las gentes de aquella época creyeron que había llegado el Apocalipsis y que la Providencia castigaba así a los hombres por todos sus pecados. El infierno se hacía realidad sobre la Tierra sembrando de cadáveres y apestados las sucias y abarrotadas calles de las grandes ciudades y de los pequeños pueblos de un extremo al otro del continente…

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El hombre medieval estaba sin duda acostumbrado a los contratiempos del destino. Los periodos de hambrunas, carestías de todo tipo y guerras eran algo habitual. Sin embargo, nadie podía imaginarse que la muerte, aquella figura tenebrosa que comenzó a partir de entonces a representarse embozada, siempre acechante entre las sombras, se llevaría por delante a millones de almas como consecuencia del mayor desastre epidémico de la historia: la peste negra.

Todo comenzó en el año 1348, cuando la misteriosa enfermedad, como si de una plaga apocalíptica se tratara, se cebó con la indefensa población de casi todo el continente europeo, asolando ciudades y pueblos enteros y sembrando de cadáveres los campos y las calles de las grandes urbes. La muerte negra, como empezó a conocerse, acabó con casi la tercera parte de la población europea. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se abatían contra los hombres como nunca antes lo habían hecho. Para las supersticiosas mentalidades de la época era el comienzo del fin del mundo, y la sensación de pánico generalizado sólo era comparable, salvando las distancias, a la que se vivió en el umbral del año 1000.

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, grabado de Alberto Durero (1498)

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, grabado de Alberto Durero (1498)

Orígenes inciertos

Occidente no se enfrentaba a una epidemia completamente nueva, pues ya en el siglo VI un brote de la enfermedad, conocido como “Peste de Justiniano” asoló gran parte del Imperio Bizantino. Y aunque causó numerosos estragos, no fue comparable, en cuanto a virulencia y catastrofismo, con la pandemia vivida entre 1348 y 1351.

Existen discrepancias entre los historiadores sobre cuál fue realmente el punto de origen de la peste medieval, aunque la mayoría coincide en aceptar que pudo partir de la región de Yunnan, en el sudeste de China, transmitida a través de las caravanas asiáticas que recorrían el Imperio mongol en parte de la Ruta de la Seda. En 1387, millones de personas estaban muriendo en China, la India y en gran parte de las tierras del Islam. A Europa llegaban rumores sobre una terrible enfermedad acompañados de descripciones apocalípticas sobre el origen de la epidemia, como lluvias de ranas y serpientes, tormentas con fuertes granizadas y rayos y finalmente un humo hediondo y truenos espantosos.

Ese mismo año, el mal debió de entrar en contacto con los europeos en el puerto de Caffa –hoy Teodosia–, entonces colonia de Génova en el Mar Negro, hacia donde acudían las numerosas caravanas citadas. Poco después, la ciudad fue asediada por el khan tártaro Djani Beck, quien se vio obligado a levantar el sitio cuando una misteriosa plaga –la temible peste negra– comenzó a matar sin miramientos a sus tropas. Al general se le ocurrió entonces la brillante y terrible idea de lanzar al interior de la ciudad mediante catapultas los cadáveres pestilentes de centenares de sus soldados, treta mediante la cual pretendía “envenenar a los cristianos” y, como si de una pionera guerra bacteriológica se tratara, logró que la muerte negra penetrara en Caffa. Después, doce galeras ocupadas por genoveses que habían contraído la enfermedad arribaron al puerto de Mesina (Italia) en octubre de 1387 y propagaron la peste de forma increíblemente rápida, mientras otros barcos, también infectados, llegaban desde Oriente a Génova y Venecia. Cuando las autoridades genovesas reaccionaron ya era demasiado tarde. Nada ni nadie podía detener ya a la peste.

Fortaleza en la antigua Caffa, lugar de origen de la peste

Fortaleza en la antigua Caffa, lugar de origen de la peste

Comienza la plaga

Los primeros síntomas de la enfermedad consistían en fiebre elevada y escalofríos, que en ocasiones se confundían con los de otras enfermedades. Poco después hacían acto de presencia angustia y ansiedad, unidas a un aumento de la fiebre, mareos y vómitos. El paciente, que vivía en una estado de postración constante, perdía en ocasiones el conocimiento, todo ello en medio de fuertes sudores que desprendían un profundo y particular olor, según los cronistas “similar al de la paja podrida”. A ello se unían terribles dolores de cabeza, desnutrición, sensación de asfixia, grandes temblores y una lengua pastosa y blanquecina.

Pero, aunque desagradable, aquello no era lo peor: pronto aparecían hinchazones en las ingles, bajo las axilas o detrás de las orejas –allí donde se encontraban los ganglios linfáticos–, signos inequívocos de que la letal enfermedad estaba actuando. En ocasiones alcanzaban el tamaño de una manzana o un huevo, por lo que el vulgo comenzó a llamarlos “bubones”, palabra derivada del griego boubon –bulto, tumor–, que dio origen a la denominación de “peste bubónica”, también conocida como “peste negra”, pues los bultos, manchas y úlceras adquirían un color negruzco. No era extraño que los bubones supurasen, generando un horrible hedor y, si llegaban a romperse, producían en el paciente un dolor prácticamente indescriptible. Cuando la infección derivaba en infección pulmonar –la conocida como variante neumónica–, el paciente tenía pocas posibilidades de salir con vida, además de convertirse en peligroso foco de contagio, al poder transmitir la enfermedad por el aire, a través de la tos, de forma similar a la gripe. Cuando esto sucedía el enfermo presentaba bronquitis aguda, dolor en el tórax e incluso broncopulmonía de tipo hemorrágico que provocaba que expulsara esputos sanguinolentos.

Grabado medieval en el que se pueden apreciar los bubones en los afectados por la terrible epidemia

Grabado medieval en el que se pueden apreciar los bubones en los afectados por la terrible epidemia.

Otra de las consecuencias de la peste bubónica era el delirio –delirium–, un estado alucinógeno generado por la fiebre que provocaba en muchos casos que algunos enfermos sufrieran accidentes e incluso se suicidaran. La arcaica medicina de los galenos de la época atribuía el contagio al aire viciado y a la falta de salubridad en las ciudades –lo cual no era del todo desacertado–, pero no sería hasta 1894 cuando se descubriera finalmente el mecanismo de contagio de la peste: la pulga de la rata negra –rata de cloaca– o xenopsylla cheopis. La enfermedad pasó a denominarse entonces Yersinia Pestis, en honor a su descubridor, el suizo Alexandre Yersis, discípulo de Pasteur, quien realizó sus investigaciones durante un brote epidémico que azotó Hong-Kong a finales del siglo XIX.

Sin embargo, en la Baja Edad Media se creía que el mal se debía, cuando no a la ira de Dios, a una descompensación de los humores del cuerpo, cuando no a un castigo divino. En una crónica de la ciudad de Mallorca se puede leer que “Las enfermedades que ahora hay vienen y proceden de la superabundancia de sangre, como los dichos médicos dicen y de eso tienen experiencia”. La extracción de esta sangre corrupta era uno de los remedios más utilizados por los galenos y las sangrías se convirtieron en algo común para aliviar los síntomas de los apestados, bien rajando con bisturí o aplicando sanguijuelas sobre la zona afectada, remedio bastante desagradable, pues éstas pueden aumentar hasta ocho veces su propio peso durante la succión. A la larga las sangrías eran una pésima solución, pues dejaban al enfermo más debilitado y por tanto con más riesgo de morir.

Un infierno se abate sobre la Tierra

Los roedores campaban a sus anchas por unas ciudades llenas de suciedad, donde la higiene personal dejaba mucho que desear y en una época en la que se llegó a aconsejar, por ejemplo, lo que recogía la siguiente receta: “Bañarse es cosa muy dañosa, pues el baño hace abrir las porosidades del cuerpo por las cuales el aire corrompido entra y produce fuerte impresión en nuestro cuerpo o en nuestros humores”.

En un escenario de tales características la enfermedad tuvo el campo libre para actuar impunemente, sembrando el caos, el terror y la muerte allí por donde pasaba. Nadie creía que las ratas eran en parte las culpables de su transmisión y el hombre estaba acostumbrado a convivir con estos roedores, que se hallaban por todas partes. En los barrios pobres y degradados se hacinaban las gentes humildes siendo un potencial foco de infección. Por si esto fuera poco, Europa estaba sumida en uno de los peores conflictos de la historia: la Guerra de los Cien Años (1339-1453) entre Francia e Inglaterra. Las bajas eran a veces muy numerosas y los campos quedaban regados de cadáveres mutilados y mal enterrados que, una vez corruptos, contribuían a expandir la pandemia.

La muerte negra sumió a reinos y ciudades enteras en la más absoluta ruina y decadencia, y sus efectos fueron atroces, como narró la pluma del genial escritor italiano Giovanni Boccaccio. Los cementerios eran insuficientes para enterrar a los miles de cadáveres que se hacinaban y la burocracia se paralizó casi por completo en las grandes urbes. Para muchos historiadores, la epidemia fue el comienzo del fin del feudalismo. La propagación de la peste provocó también el estallido de focos revolucionarios y grandes desórdenes en importantes núcleos urbanos –como en Flandes y en algunas ciudades italianas–. Las revueltas fueron constantes y en algunos casos llegaron a alcanzar cotas de gran dramatismo, como en la Ciudad Eterna.
"La danza de la muerte" fue reproducida en pinturas y grabados

"La danza de la muerte" fue reproducida en pinturas y grabados

Las cifras de defunciones hablan por sí solas. Los venecianos morían en la increíble proporción de 600 personas al día. Se estima que Inglaterra perdió el 25 por ciento de su población –en verano de 1348 eran enterrados casi 300 cadáveres al día– y Escocia prácticamente un 30 por ciento. El espectro de la peste fue aún más voraz en Francia y Alemania, donde acabó con la vida de nada menos que el 50 por ciento de su población. Muchas ciudades vieron impotentes cómo sus habitantes disminuían drásticamente. Florencia, con 100.000 habitantes, perdió a la mitad de su población. En Venecia falleció el 60 por ciento de la población –moría la increíble proporción de 600 personas al día– y en Avignon la mitad de sus habitantes. En la sede pontificia, en sólo 6 semanas, 11.000 personas fueron enterradas en un mismo cementerio. Se decidió entonces que el Papa, Clemente VI, bendijera el Ródano e incontables cadáveres se arrojaron al río, que sirvió como sepultura. Sin embargo, aquella precipitada y desesperada acción contribuyó a expandir también la epidemia.

La península Ibérica tampoco se libró del impacto epidémico y en algunas ciudades desapareció más de la mitad de la población, como en Barcelona, donde murieron 38.000 de sus 50.000 ciudadanos. En el Reino de Mallorca, fallecieron alrededor de 9.000 personas. Y la lista es interminable y realmente estremecedora.

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Aunque muchos historiadores afirman que desapareció a causa de la plaga el 30% de la población europea, algunos creen que esta tasa llegó a alcanzar el 50%, algo que nunca sabremos con certeza pero que pone igualmente los pelos de punta. Nada a lo largo de la Historia, ni guerras, ni catástrofes naturales, ni siquiera armas de destrucción masiva, han provocado una mortandad tan alta como la peste negra del medievo.

Combatir la enfermedad

La mayor parte de los “médicos” que ayudaron a los apestados eran voluntarios, pues los doctores cualificados por lo general huían, sabedores del peligro que corrían. Para poder ayudar a los apestados y evitar contagiarse, los médicos con el tiempo se protegerían con una vestimenta realmente esperpéntica, que les daba un aspecto algo grotesco. Convencidos de que la enfermedad se transmitía a través del olfato, idearon una máscara que acababa en forma de largo pico de ave –quizá porque al comienzo de la enfermedad se creía que ésta era diseminada por los pájaros y dicha máscara ayudarían a espantarlos–, en cuyo interior introducían distintas hierbas aromáticas que servirían –o eso creían– para neutralizar el aire corrupto y que éste no se introdujera por sus fosas nasales.

El fuerte influjo de las creencias supersticiosas de la época provocó que los doctores llevasen también unos anteojos negros sobre la máscara que creían eran un eficiente amuleto contra el “mal de ojo”, pues no obstante la muerte negra era considerada una plaga maldita. Además, una larga túnica también de color negro cubría su cuerpo, un enorme sombrero protegía su cabeza y portaban una larga vara o bastón de madera y guantes para no entrar en contacto directo con los apestados. Su aspecto grotesco advertía a los transeúntes, de forma indirecta, del peligro de contraer la enfermedad.

Un médico de la peste con su extravagante vestimenta

Un médico de la peste con su extravagante vestimenta

Con la intención de evitar la dispersión de la pandemia, los cadáveres eran sacados con carretillas fuera de las ciudades, donde se introducían en grandes fosas para ser quemados después. No obstante, durante el tiempo que permanecían a la espera de ser calcinados –varios días debido a la falta de enterradores–, la putrefacción contribuía a propagar aún más el mal.

Procesiones, mártires y flagelos

Bastaron apenas dos o tres años para diezmar Europa, lo que generó dos tendencias realmente opuestas de asimilar lo ocurrido entre las gentes: muchos se dieron al libertinaje, a la bebida y al sexo desenfrenado –incluidos un gran número de clérigos–, que adoptaban esta actitud ante la brevedad de la vida y el acecho inevitable de la muerte; otros, por el contrario, se dedicaron a la existencia beatífica, a la contemplación espiritual, el pietismo y la penitencia.

Flagelantes en plena acción fustigadora

Flagelantes en plena acción fustigadora

Creían que la peste bubónica no era sino una especie de plaga bíblica que se abatía sobre los hombres para castigarlos por sus pecados. Este clima de histeria y fanatismo religioso provocó que muchas personas comenzaran a automutilarse como forma de redención y penitencia. Se hicieron muy populares las llamadas procesiones de flagelantes, que recorrían ciudades y pueblos azotándose con varas y látigos cual si del mismísimo Juicio Final se tratase, desgarrando sus carnes e implorando el perdón entre charcos de sangre.

Los penitentes se fustigaban con látigos de cuero anudados con pinchos de hierro. Algunos sufrían graves heridas entre los omoplatos, y algunas mujeres, extasiadas, recogían la sangre con sus propios vestidos y se la pasaban por los ojos, al creer que era milagrosa. Creían que con esa durísima penitencia se conseguiría mitigar la ira de Dios y aplacar de esta forma la peste. En procesiones que reunían hasta 1.000 fieles, los flagelantes se imponían caminar durante 33 años y medio como los años que vivió Jesucristo. Sin bañarse, abandonando sus bienes y sin practicar sexo, marchaban de ciudad en ciudad realizando actos que hoy catalogaríamos de masoquistas, ante la muchedumbre enfervorecida.

Procesión de flagelantes, por Goya

Procesión de flagelantes, por Goya

Las gentes imploraban al cielo, sacaban las reliquias de las iglesias, se realizaban rituales eclesiásticos, se celebraban múltiples misas… Sin embargo, estos multitudinarios actos facilitaron en muchas ocasiones la expansión de la enfermedad.

Por su parte, los astrólogos y algunos médicos creían que la causa de la peste, de los “efluvios malignos del aire”, se encontraba en la influencia de los astros ¡siempre los astros! concretamente en la nefasta conjunción de los planetas Júpiter, Marte y Saturno y también al efecto negativo de eclipses y cometas –al menos esa fue la respuesta que dieron los físicos de la Sorbona al rey francés Felipe VI cuando planteó qué había provocado la corrupción del aire–. En medio de este catastrofismo cogieron fuerza las interpretaciones más descabelladas, como que el mal se producía “por malvados hijos del diablo que con ponzoñas y venenos diversos corrompen los alimentos”, según reza un escrito contemporáneo.

En 1348 la peste negra recorrió a toda velocidad –algo que no se explican algunos investigadores y estudiosos de la Medicina–, sembrando la muerte y la destrucción, un largo camino que iba de Sicilia a Inglaterra, hasta alcanzar su clímax. Fue entonces cuando en Italia las autoridades de la ciudad de Pistoia, convencidas de que Dios estaba castigando al mundo, creían que la ciudad debía purgar sus pecados. Se publicaron ordenanzas que prohibían el juego, la blasfemia y la prostitución. Normas que se empezaron a aplicar en diferentes ciudades y países.

En Alemania las brutales torturas de los flagelantes impactaron sobremanera a las gentes. Era creencia común que la sangre de los mártires era sagrada, por lo que poco a poco este movimiento heterodoxo fue sustituyendo en amplios lugares a la religión oficial, cuyas plegarias no evitaban la muerte de nadie. Miles de fieles seguían en masa a estos personajes, muchos de los cuales se creían dotados de gracia divina a través del sacrificio de su sangre y afirmaban ser capaces de realizar milagros en nombre de Cristo. Aseguraban que los niños fallecidos podían revivir en su seno y el pueblo creía que algunos animales hablaban gracias a su intercesión. Estas asombrosas “facultades”, fruto sin duda del fanatismo y la superstición, no evitaron sin embargo que los cadáveres siguieran amontonándose en las calles.

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Los cristianos comunes creían que las procesiones de los flagelantes eran una especie de purificación espiritual que también los elevaba a ellos. El pueblo asociaba su llegada a la desaparición de la terrible enfermedad, por lo que el papa Clemente VI comenzaba a inquietarse. El fanatismo era cada vez más extremo y, para que el Todopoderoso perdonara al hombre, al pecador, en varios lugares se expulsó de las ciudades a las prostitutas y a los judíos –el colectivo más perseguido–, que en ocasiones eran quemados vivos, como si fueran brujas.

Pogromos y persecución religiosa

Para los cristianos medievales los hebreos eran quienes más ofendían a Dios, pues los consideraban los responsables de la crucifixión de Jesús –lo que había despertado la ira divina provocando la epidemia–, así que el odio popular, alimentada por los sermones de curas exaltados y de los flagelantes, se volcó contra ellos. Marcados desde sus orígenes con el estigma de pueblo maldito, el hecho de mantener sus costumbres, su lengua y religión, apartados del resto, les convertía en foco habitual de la ira de los cristianos. Además, practicaban el préstamo de dinero y recaudaban impuestos para la nobleza, lo que para una población que no admitía por principio religioso la usura, constituía toda una verdadera afrenta. Con la llegada de la muerte negra, el odio que se sentía hacia este colectivo desde hacía siglos se volcó contra ellos.

Miles de miembros de este colectivo fueron apaleados y masacrados, en brutales pogromos –persecuciones– por todo el continente. Se les acusaba de algo realmente pintoresco: los hebreos, en medio de un complot pergeñado al parecer por los judíos de Toledo, habían envenenado el agua de los pozos y fuentes de toda la Cristiandad y corrompido el aire, lo que había provocado la peste. Se les sometió a terribles torturas para que confesaran que todos los hebreos eran culpables de conspiración.

Esto provocó grandes matanzas en Carcasona y en Narbona, entre otros lugares. En los guetos millares de personas fueron descuartizadas, degolladas y quemadas vivas por los cristianos. En enero de 1348, 600 judíos fueron quemados vivos en Basilea, matanzas que se repitieron en Zurich y Chillon y que se avivaron en la Corona de Aragón, donde muchos miles fueron pasados a cuchillo. En mayo la aljama judía de Barcelona fue devastada por completo, extendiéndose el odio antisemita a ciudades como Cervera, Tárrega o Lérida.

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A pesar de que el papa Clemente VI, desde Aviñón –entonces sede pontificia–, hizo un llamamiento a la población y mediante una bula prohibió las matanzas, los saqueos y la conversión forzosa de los judíos sin juicio previo, afirmando que éstos enfermaban igual que el resto de la población, lo que hacía improbable que fueran los responsables, las persecuciones continuaron, si cabe con más inquina.

El día de San Valentín de 1349, los ciudadanos de Estrasburgo reunieron a 2.000 judíos que acabaron ardiendo en la hoguera. El caos se apoderó de toda Europa, los saqueos fueron cada vez más frecuentes y la violencia se convirtió en una amenaza aún más terrible que la peste.

El principio del fin

Los flagelantes comenzaron a alejarse de su original pietismo y a abandonarse a las orgías, copulando con las mujeres en público completamente ebrios. Muchos maleantes y delincuentes se unieron al movimiento, y saqueaban las Iglesias por las que pasaban. Finalmente, Clemente VI publicaría otra bula en 1349 -Inter sollicitudines-, donde condenaba al movimiento como herético, y acusaba a sus miembros de cometer crímenes que “hacían enojar a Dios”. Algunos de los cabecillas fueron apresados y decapitados en presencia de sus seguidores, y aunque la secta no desapareció por completo, poco a poco fue perdiendo fuerza, al tiempo que desaparecían los terribles efectos de la enfermedad.

Flagelantes

Flagelantes

Aquellos judíos que no habían sido asesinados o muertos por la peste, tuvieron que abandonar su hogar y exiliarse. A finales del siglo XIV, en amplios territorios de Francia, Inglaterra y Alemania ya no había ninguno. Sin embargo, éstos fueron acogidos en Cracovia (Polonia), por el rey Casimiro el Grande. Nadie creía entonces que en pleno siglo XX la comunidad hebrea volvería a ser masacrada, esta vez por la ira de los nazis.

La terrible plaga había dejado su huella de muerte y destrucción a lo largo de miles de kilómetros, atormentando el alma de millones de personas y diezmando casi a la mitad la población europea. Con el tiempo los hombres volverían a tomar el control de la situación, pero ya nunca volverían a ser los mismos. Ahora conocían las llamas del infierno.

El poeta italiano Petrarca cantó como nadie el sufrimiento y la pena, la pérdida de los seres queridos que causó la peste bubónica: “Considera lo que hemos sido y lo que ahora somos… /¡Dónde estáis amigos queridos!/ ¡dónde los rostros amados!/ Éramos una multitud, ahora estamos casi solos…”.

Óscar Herradón. Artículo publicado en la revista ENIGMAS Tomado de aquí